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Los espectáculos en el Coliseo

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Cómo eran los espectáculos del Coliseo romano

Cualquier turista que visite Roma y pasee por el entorno de las actuales vías Claudia, S. Giovanni in Laterano, Labicana, Domus Aurea, Fori Imperiali y S. Gregorio se topará con el majestuoso Anfiteatro Flavio, más conocido como Coliseo, llamado así desde la Edad Media posiblemente por su proximidad a la estatua colosal de Nerón.

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Patrimonio de la Humanidad desde 1980, el Coliseo fue construido por Vespasiano en el 72 d. C., ocho años más tarde del incendió que destruyó el anfiteatro de Cayo Estatilio Tauro, levantado por Augusto. De este modo, el Anfiteatro Flavio pretendía sustituir al anterior para la celebración de unos festejos que causaban fervor en la sociedad romana.

Los Gladiadores romanos

Los Gladiadores romanos


¿Qué espectáculos se celebraban en el Coliseo?

Desde que se inaugurara en el 80 por el hijo de Vespasiano, Tito, y hasta el 523 se desarrollaron en el Coliseo diversos espectáculos, siendo los más conocidos las luchas de gladiadores y las venationes.

Los munera gladiatoria constituían la celebración por excelencia del Coliseo. Se llevaban a cabo en el mes de diciembre, y normalmente solían enfrentar a parejas de esclavos o condenados que con la victoria conseguían su libertad, aunque también podían combatir hombres libres. Eran comprados y formados por el lanista en el Ludus Magnus, escuela de gladiadores que se hallaba cercana al Anfiteatro Flavio.

Además de combates de gladiadores, en el Coliseo también se celebraban venationes, que eran cacerías en las que luchaban los venatores con fieras. Incluso se celebraban enfrentamientos entre animales. Los animales preferidos eran los leones, las panteras y los tigres, pero también se buscaban elefantes, osos, cocodrilos y hasta hipopótamos. El espectáculo finalizaba cuando los venatores conseguían acabar con la vida de los animales o fallecían a consecuencia de la ferocidad de los mismos. Todo un espectáculo sangriento y despiadado que causaba furor entre los asistentes que acudían al anfiteatro.

Las naumaquias (naumachiae) eran el tercer tipo de espectáculo que acogían los anfiteatros, entre ellos el Anfiteatro Flavio, aunque el elevado coste económico que conllevaba su celebración hacia que no fueran tan habituales como los anteriores. Las naumaquias eran batallas navales que se representaban en estos espacios, para los cuales se llenaba de agua el foso donde estaba la arena con el fin de poder ubicar en el mismo los barcos con los que desarrollar el combate.  Para este tipo de festejos solían emplearse prisioneros capturados por Roma (naumacharii), que eran los que protagonizaban la batalla.


¿Cómo eran los espectáculos en el Coliseo?

El espectáculo oficial, el llamado Munus iustum atque legitimum (“espectáculo de gladiadores legítimo y digno”), comienza con una procesión matutina, la llamada pompa. Iba encabezada por abanderados, trompetistas, intérpretes, luchadores, sacerdotes, nobles y carruajes con efigies de los dioses.

La primera fase importante de los juegos era la venatio, o caza de bestias salvajes, que ocupaba la mayor parte de la mañana: fieras de todo el imperio aparecían en la arena para enfrentarse entre sí en salvajes peleas o ser cazadas por venatores (cazadores altamente entrenados) que llevan chalecos de protección ligeros y lanzas largas. Los relatos literarios y epigráficos de estos espectáculos hablan de una exótica colección de animales involucrados, incluidos herbívoros africanos como elefantes, rinocerontes, hipopótamos y jirafas, osos y alces de los bosques del norte, así como extrañas criaturas como onagros, avestruces y grullas. Los más populares de todos eran los leopardos, leones y tigres —los dentatae (dentados) o bestiae africanae (bestias africanas) —cuyas habilidades de salto requerían que los espectadores estuvieran protegidos por barreras. Durante la serie de juegos celebrados para inaugurar el Coliseo, en el año 80 d.C., el emperador Tito ofreció 9.000 animales. Menos de 30 años después, durante los juegos en los que el emperador Trajano celebró su conquista de los dacios (los antepasados de los rumanos), con el sacrificio de unos 11.000 animales.

El hipogeo (zona subterránea) jugaba un papel vital en estas cacerías, permitiendo que los animales y los cazadores ingresaran a la arena de innumerables formas sorpresivas, para el deleite del público. Los animales aparecían en escena como por arte de magia, a veces aparentemente lanzados por los aires. “El hipogeo permitió a los organizadores de los juegos crear sorpresas y generar suspense”, dice Beste. «Un cazador en la arena no sabría dónde aparecería el próximo león, o si podrían surgir dos o tres leones en lugar de uno solo». Esta incertidumbre podría aprovecharse para lograr un efecto cómico.

Durante los intermedios entre cacerías, los espectadores disfrutaban de una variedad de placeres sensoriales. Apuestos camareros pasaban entre la multitud llevando pasteles, dátiles y otros dulces, junto con generosas copas de vino. Los bocadillos también caían del cielo tan abundantemente como granizo, junto con bolas de madera que contenían fichas para premios (comida, dinero o incluso el título de una casa) que a veces desencadenaban violentas peleas entre los espectadores que luchaban por agarrarlas. En los días calurosos, el público disfrutaba sparsiones («rociados»), brumas perfumadas con bálsamo o azafrán, o la sombra de la vela, un enorme toldo de tela dibujado sobre el techo del Coliseo por marineros de la sede naval romana de Misenum, cerca de Nápoles.

En el ludi meridiani, o juegos del mediodía, se ejecutaba a criminales, bárbaros, prisioneros de guerra y otros desdichados, llamados damnati o «condenados». (A pesar de los numerosos relatos de vidas de santos escritos en el Renacimiento y más tarde, no hay evidencia confiable de que los cristianos fueran asesinados en el Coliseo por su fe). Algunos damnati eran liberados en la arena para ser sacrificados por animales feroces como leones, y algunos se vieron obligados a luchar entre sí con espadas. Otros fueron enviados en lo que un erudito moderno ha llamado «charadas fatales», ejecuciones organizadas para parecerse a escenas de la mitología.


Ubicación del público en la cávea

El público que asistía al Coliseo a contemplar el espectáculo era variado, fiel reflejo de la compleja sociedad romana. De las 50.000 personas que podían acceder al recinto encontramos representantes de todas las clases sociales, que se situaban en la cávea en función de su pertenencia a una u otra. De este modo, los más pudientes se sentaban en la parte más baja del graderío, la imma cavea, que era la zona más próxima a la arena, por lo que la vista era excepcional. Estaba separada de esta por un muro y contaría con redes para impedir que los animales saltaran a la grada y atacaran a los asistentes.

Por encima se encontraba la media cavea, área en la que se sentaban los hombres libres y ciudadanos romanos. Sobre ella se encontraba la summa cavea, donde se ubicaba la plebe. Había un cuarto piso, el maenianum ligneum, donde se disponían de pie los sectores más bajos de la sociedad, fundamentalmente esclavos y mujeres.

Por su parte, el emperador y su familia se solían situar en la tribuna norte del anfiteatro.

Para evitar contactos con los menos pudientes, los accesos al anfiteatro también estaban separados para que los senadores y miembros de la aristocracia romana no tuvieran que cruzarse con un plebeyo o, mucho peor, con un esclavo.


BIBLIOGRAFÍA

-BÁEZ MEZQUITA, Juan Manuel. “Iconografías del Coliseo”. RA. Núm. 11 (2009). 68-80.

– BLANCO FREIJEIRO, Antonio. Roma Imperial. Historia 16: Madrid (1989). Historia del Arte. Núm. 13. 161 pp.

-CABRERO PIQUERO, Javier, CORDENTE VAQUERO, Félix.  “Los oficios de la diversión en Roma”. Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua. Núm. 24 (2011). 349-366.

– GARCÍA Y BELLIDO, Antonio. Arte romano. Madrid: CSIC, 1990. 836 pp.

-GARRIDO MORENO, Javier. “El anfiteatro: una oscura imagen de la antigua Roma”. Berceo. Núm. 149 (2005). 153-178.

– REA, Rossella. Rota Colisei. La Valle del Colosseo attraverso i secoli. Milán: ed. Electa, 2002. 468 pp


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